Ramón, Pedja, Bernd y otros jugadores del montón (II)

Andrés Pérez | En su primera temporada Mijatovic eligió a Capello. ¿Capello? sonó en la cabeza de todos los aficionados. Sí, Capello, el mismo que diez años antes había logrado una Liga con una suficiencia absoluta. Los fichajes que llegaron distaron de ser los prometidos. Dos fichajes de relumbrón pero de avanzada edad, a saber, Cannavaro, Van Nistelrooy y una amalgama de jugadores de talla media con altas aspiraciones, como Diarra, Cicinho y en invierno Higuaín o Gago. Capello no convenció en ningún momento de la temporada. El equipo no jugaba absolutamente a nada bonito, pero sí jugaba a algo, o al menos durante la segunda mitad de temporada. Capello no es vistoso pero es efectivo y aquel año jugó a ser Capello con un equipo mediocre. A pesar de las sonoras humillaciones (el Recreativo recién ascendido bailó y goleó al equipo blanco por tres goles en el Bernabeú) y del liderazgo del Barcelona, que parecía repetir, los blancos espoleados por Beckham, Van Nistelrooy, Guti y Casillas se llevaron la Liga junto las aportaciones no menos importantes de Higuaín (el hombre de los goles importantes), Sergio Ramos, Robinho y por supuesto Roberto Carlos (el gol al Recreativo en su campo, vital, en el último minuto).

El clima de todo el año con Capello fue distante y frio. El Bernabeú no estaba nunca contento con el juego desplegado por el conjunto y tenía motivos para estarlo. Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera parecer, el título estaba más cerca que el resto de años. Hay que entender que el primer año de Calderón fue un año de reestructuración absoluta, con nuevas miras y con nuevos ideales. La casta, la raza y toda esa nomenclatura castiza abandonada por el glamour de Florentino fue recuperada para la causa por Calderón. El Madrid de siempre, el de la lucha y la garra. Con objeto de recuperar esos valores se escogió a Capello. Por eso la sensación, más allá de desoladora, era de reconstrucción. Ladrillo a ladrillo. Se perdonó a Capello en repetidas ocasiones sabedores los directivos de que un proyecto de recuperación necesitaba de paciencia y no de decisiones precipitadas por lo escandaloso de los resultados o por lo poco vistoso del juego -de ello nos daría una lección, por lo malo, el Valencia el año siguiente-.

El Madrid, sin embargo, y a pesar de todos los males, que eran muchos, se alzó con el título liguero. El cómo es todavía a día de hoy una verdadera incógnita. A ocho jornadas del final el Barcelona parecía tener la Liga en el bolsillo. Había vuelto a ser el mejor de la temporada en cuanto a juego, pero la decadencia de Ronaldinho fue un aviso de lo que vendría después. Los resultados no acompañaron tanto como en años anteriores y sólo una buena racha a falta de pocas jornadas provocaron un exceso de confianza en los culés. El Madrid apeló a la épica. Se dijo a sí mismo que aquella Liga no estaba perdida y tiempo más tarde demostró el porqué. Remontó un sinfín de partidos para remontar un sinfín de puntos al Barcelona. Entre aquellos épicos -si repito este término es porque no encuentro un calificativo tan aproximado- encuentros habría que destacar la remontada ante el Espanyol, Zaragoza, Recreativo de Huelva o el mismo Mallorca en la última jornada de Liga, para estupor de toda España. Del buen juego ni rastro. Pero no hizo falta. Jugando a nada, Capello recuperó la ilusión de toda la afición, porque, tras los últimos encuentros de Liga, sencillamente, se hacía imposible para un madridista no volver a engancharse.

Entre tanto, ni que decir tiene que el equipo cayó en octavos de final de la Copa de Europa por tercer año consecutivo. Desde luego que la épica, la raza y demás historias consiguieron llevarse la Liga, pero la anarquía en Europa no servía absolutamente de nada. Hablo de anarquía porque el equipo de Capello no funcionaba ante situaciones previstas. Necesitaba de la anormalidad para reaccionar, necesitaba del descontrol, de los partidos locos, del desorden. En Liga lo encontró, pero en Europa, repito, eso no existe. El rival fue uno de los peores Bayern que se recuerda y el resultado paupérrimo. A parte de quedar en evidencia, fue ridiculizado en Münich, donde Makaay a los diez segundos ya había eliminado al equipo blanco, que no fue capaz de marcar un gol en 90 minutos. A pesar de todo la temporada fue positiva. Un título años después y la afición que volvía a creer. Sin embargo la misión de Capello había terminado. Ganar era en apariencia lo único que le podía ofrecer Capello al club, lo cual no es poco, pero Calderón, acertadamente o no, decidió que el Madrid necesitaba algo más que emocionar por el sendero del orgullo y la garra. Necesitaba jugar bien.

Vía | Más que Fútbol
Imagen | Más que Fútbol, Mcalcio, As

Más que Fútbol ● 2008

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Noticia original: Más que Fútbol