Seis apuntes sueltos de una gran final

terry.jpg1. El argumento:
Cuando un escritor diseña el guión de una novela o una película, debe tener cuidado de no exagerar con los giros argumentales. Existe una fina línea que separa lo verosímil de lo increíble. Si a la hora de escribir una historia la cruzas imprudentemente, corres el riesgo de teñir tu relato de una inverosimilitud que alejará al lector o espectador del mismo. Llegará un momento que, a fuerza de exagerado, todo le resultará artificial, irreal, increíble.

Sin embargo, quien quiera que sea ese que define el guión de los partidos de fútbol no cuida esa línea. Si quienes estábamos pegados ayer a la televisión –o en el mismo estadio, los menos y más afortunados- no supiéramos que esa tanda final de penaltis estaba sucediendo realmente, simplemente no nos la creeríamos. El fallo de Cristiano Ronaldo –precisamente él-, las numerosas tomas de su rostro desencajado, lleno de tensión, el posterior resbalón de John Terry y las lágrimas de ambos –iguales, pero tan diferentes-, fueron los momentos cumbres del guión de un partido increíble que sólo asumimos porque sabemos que sucedió. Si hubiera sido una novela o una película, habríamos cerrado la última página casi a disgusto, pensando que el guionista necesita urgentemente una cura de realismo (aunque quizá fue ayer de nuevo el dios niño del fútbol, el que decidió joder a sus figuritas azules).

2. La imagen de Terry:
No dispongo aquí de líneas suficientes para expresar la admiración que tengo por este fornido defensa al que ayer el destino le hizo una jugada muy sucia. Terry es el alma del Chelsea, equipo construido desde atrás. Jugador de la cantera de Stamford Bridge, su carrera contrasta con la de tantos otros de sus compañeros, fichados a golpe de talonario. Terry ha pertenecido a los blues desde los catorce años –con un pequeño paréntesis en una cesión al Nottingham Forest-, con los que es titular indiscutible desde hace casi una década y de los que es capitán desde hace un lustro, honor que le cedió nada menos que un tal Marcel Desailly.

Ayer vivió el momento cumbre de su carrera. La tanda de penaltis quiso que se llegara al suyo con la posibilidad de la victoria. Si marcaba, el Chelsea de Abramovich conseguiría el ansiado objetivo después de más de seiscientos millones de euros invertidos en fichajes en los últimos años. Paradójicamente, lo haría gracias al gol del único jugador sobre el campo por el que no tuvo que pagar.

Mientras se dirigía hacia el punto fatídico, a Terry se le veía nervioso: jugueteaba con el brazalete de capitán y dejó escapar algún suspiro de tensión. Malos síntomas. En qué pensaría es algo que ninguno podemos saber. Yo supongo, sin conocimiento, que en ese momento se convencería de que llevaba toda la vida dando patadas a un balón para alcanzar ese instante (perverso razonamiento una vez que has fallado, por cierto; ahora debe intentar pensar que lleva toda la vida jugando a fútbol fundamentalmente porque le gusta). Cogió una pequeña carrerilla, se dispuso a lanzar y alguien invisible le puso la zancadilla. Cayó al suelo torpemente, y el balón se fue fuera por centímetros. Inmediatamente fue consciente de lo que le había pasado: el mundo entero se le vino encima. Solo encontró refugio con la cabeza entre las rodillas. Si se le hubiera ofrecido esa posibilidad, sin duda, habría desaparecido del estadio.

Cuando Anelka erró el último de los lanzamientos, el peso que ya Terry soportaba se hizo mucho más intenso. Supongo que vivió uno de esos momentos que a todos nos han sucedido en el que la consciencia de que ha pasado algo terrible y de que no hay marcha atrás se hace presente, deviniendo lo único pensable.

Verle llorar, a ese monstruo enorme del fútbol, fue una imagen triste. Su cara de absoluto abatimiento en el momento de recibir la medalla de subcampeón –esa que nadie quiere- es una imagen que quedará grabada a fuego en la historia de la Champions y en la memoria de todos los aficionados que asistimos a la final de ayer. Muchos, pensamos hoy, que la Historia debe ya una orejuda a Terry. Ojalá que algún día la alce orgulloso, con lágrimas de distinto significado.

3. Cristiano Ronaldo:
En el lado opuesto del relato está Cristiano Ronaldo. Distinguido como mejor jugador de la final por ese absurdo y zafio criterio que siempre hace caer este galardón en el bando de los vencedores, el de ayer no fue, ni con mucho, su mejor partido. Aún así se dejó ver, marcando el primer gol del encuentro gracias a un fallo clamoroso de uno que no suele fallar: Essien.

Su particular travesía por el desierto llegó en la tanda final de penaltis. Falló, como era previsible por esa ley no escrita que dice que en los penaltis siempre yerran los mejores y, sobre todo, por su aciaga, torpe y a todas luces fuera de lugar, paradinha (ay, los flashes, ¡qué daño hacen a algunos jugadores!). Desde ese momento y hasta que el lanzamiento de Anelka, Ronaldo vivió los minutos más largos –y probablemente desagradables- de su vida. Su rostro durante ese tiempo –desencajado, símbolo de temor, tensión y dudas- contrastó con el que nos tiene habituados –más propio de una campaña de marketing que de una persona-. En esos instantes, a ojos de muchos a los que la estrella portuguesa no nos es del todo simpática, sufrió una transformación: se humanizó.

El llanto en el cayó tras alcanzar la victoria gracias al error de Anelka, supuso una imagen digna de ser conservada. En cuanto el francés lanzó fuera, Ronaldo hundió su cara en el césped y rompió a llorar convulsamente, sin que hubiera lugar en sus lágrimas para pensar en esas cámaras que le enfocan y que generalmente, y dados su teatreros gestos, se diría que le obsesionan. Si la victoria no le hace olvidar esos momentos, seguro que mejorará como jugador. Ojalá sea así.

4. Avram Grant
Tiene que ser difícil convivir con un entorno que se niega a reconocer tus propios méritos. Ayer, muchos contextualizaban la final reclamando la memoria de Mourinho. Avram Grant, para ellos, no era sino un hombre de papel que dirigía al Chelsea por mera amistad con su dueño: Roman Abramovich. Quien defiende esto, se olvida de aquel fantástico Maccabi Haifa de la temporada 2002/03 que, comandado por Benayoun y Yakubu Aiyegbeni, llegó a vencer al Manchester United por 3-0 en la fase de grupos de la Champions y que finalizó a un punto de la clasificación con doce goles a favor en seis partidos. Aquel equipo fue uno de los que, con menos recursos, practicó un mejor y más ofensivo fútbol en la historia reciente de la máxima competición europea. Igualmente, se olvidan de que Grant fue quien dispuso las bases del actual Portsmouth –vigente vencedor de la FA Cup- en el tiempo en que fue Director Deportivo del mismo.

Ayer Grant supo jugar sus bazas para la final. Su Chelsea fue muy superior al Manchester en la mayor parte del partido, con un fútbol ofensivo que los buenos aficionados hemos de reconocer. Aunque para ello tuviera que sufrir el primer gol de Ronaldo –hasta ese momento los jugadores estaban dormidos-, el Chelsea jugó ayer uno de los mejores partidos que le recuerdo. Sin duda, Avram Grant tiene una gran responsabilidad en ello.

Finalmente, nos dejó una enorme imagen al final del partido. Cuando sus jugadores sufrían por la derrota, Grant los convocó en el centro del campo, donde los dispuso en un círculo desde el centro del cual les dio una charla en la que, sin duda, les habló del orgullo de cómo jugaron. He ahí su legado: el de un hombre que ha sabido estar donde otros no le querían dejar.

Probablemente, Grant no seguirá el año que viene. Pero, sin duda, en el tiempo que ha estado al frente de los blues, se ha mostrado como un mucho más que digno entrenador, que ha sabido comandar una nave difícil hasta buen puerto. Que nadie le reste los méritos que se merece.

5. El pasillo
Una imagen que no quiero dejar en el tintero: el pasillo de los ganadores a los derrotados cuando éstos suben a por su medalla. Aquí, que tanto hemos hablado de un pasillo acontecido unas semanas antes, deberíamos aprender mucho de esos gestos de deportividad máxima.

6. El honor de ser parte de la historia del Manchester United
Mucho, pero mucho, deben aprender los dirigentes de nuestros clubes de la imagen que dio el Manchester United ayer a la hora de recoger el trofeo. No eran solo los actuales jugadores los que recibieron el premio. Era toda la historia de este gran club la que estaba presente. Encabezados por Sir Bobby Charlton -quien con un temblor de parkinson evidente, rechazó elegantemente colgarse la medalla del campeón que Platini le ofrecía- y cerrada por Giggs, la comitiva del ManUtd representaba una manera de ver lo que un club significa, una entidad que se despliega en la historia y que no se reduce en ningún caso a quienes ahora la dirigen o representan sobre el campo. A mí esa imagen me conmovió y comprendí, al asistir a la misma, por qué los clubes ingleses significan tanto para sus aficionados. Al ver a Giggs levantando la Copa junto al capitán, Ferdinand, comprendí cómo ese jugador, que ayer gambeteaba las bandas de los campos ingleses, mañana será un símbolo a la altura de Charlton. Y esa imagen me gustó. Ojalá, de verdad, que nuestros clubes aprendan de esto y sus dirigentes y jugadores no olviden nunca que lo que ahora ostentan es herencia de aquellos que les precedieron y patrimonio de quienes les sucederán.

Ninguno
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Noticia original: Diarios de Futbol