Sobre la celebración de Henry
Llevo mucho más tiempo del que me gustaría sin poder sacar un momento para escribir aquí. Primum vivere, deinde phiplosophari: el trabajo manda y, por desgracia, no he tenido tiempo para sentarme delante del ordenador y escribir de tantas y tantas cosas que se agolpan en mi mente y esperan el momento en que pueda darles salida a través de golpes de teclado.
En esta tesitura, el sábado pude ver el derbi entre el Espanyol y el FC Barcelona. Estaba doblemente feliz, porque, por un lado era el primer partido de esta Liga que podría ver completo y, por otro, estaba decidido a escribir en DDF de aquello que fuera a suceder. Sin embargo, la alegría comenzó a disiparse en cuanto me di cuenta de que sería imposible hablar de fútbol partiendo de este encuentro.
Mi compañero Borja Barba y Santi Giménez, un periodista a quién admiro desde y precisamente por la discrepancia de opiniones, han dicho prácticamente todo lo que podría decir de lo sucedido en el último derbi de Montjuic. Sin embargo, queda un detalle que, me temo, irá tomando cada día más peso: la celebración de Henry.
Tras marcar el gol del Barcelona y después de que el juego hubiera estado más de ocho minutos detenido por los incidentes protagonizados por los Boixos, Henry corrió a la banda y desde allí celebró el gol haciendo gestos hacia la grada en la que se encontraban los ultras (me ahorro el adjetivo y no pondré “barcelonistas”, porque esta pandilla de imbéciles no tienen nada de barcelonistas). Tras el segundo gol, sucedió algo parecido –con Messi de protagonista- y, tal y como reflejan algunos medios, según parece al final del partido algunos jugadores hicieron gestos de ánimo hacia la misma zona de la grada.
Ya durante la narración del partido por La Sexta, Susana Guasch, haciendo gala de un profundo amarillismo, llegó a decir que el que los Boixos encendieran bengalas tras el gol del empate era culpa del mismo Henry e incluso le preguntó al francés mientras salía del campo sólo por ese hecho.
El caso es que el Espanyol, según refleja en sus páginas el diario Sport, está decidido a denunciar a varios jugadores blaugranas por estos hechos pues, según la directiva españolista, “animaron a la violencia”.
Entiendo perfectamente la indignación de la directiva del Espanyol por los altercados que protagonizaron esos idiotas vestidos de blaugrana (es lo que pasa: cualquier imbécil se puede comprar la camiseta de un equipo y decir que le representa). Sin embargo, creo que conviene no mear fuera del tiesto. Los dirigentes del Espanyol deberían entender que la responsabilidad de los actos de este grupo de tarados responde exclusivamente a ellos mismos –y, en todo caso, por el contexto, a las autoridades que les dejan entrar en los estadios-. Los jugadores del Barcelona se limitaron a celebrar un gol mirando a la zona de la grada en la que lucían sus colores, más allá de quiénes los vistieran.
Esto último es algo habitual y hay que tener cuidado, porque si se responsabiliza a Henry, Piqué o Messi aunque sea en un porcentaje mínimo en lo sucedido, habría, igualmente, que responsabilizar de cualquier acto violento en los fondos a cualquier jugador de un equipo local que celebre un gol con la mirada puesta en los mismos. Prácticamente ninguna afición española está libre del cáncer de los ultras violentos. Mal que bien, todos los clubes están hoy luchando contra la presencia de éstos en sus estadios. Ese debe ser el objetivo: desterrar a los violentos de los estadios, sin que en este camino se emprendan peleas entre los clubes responsabilizándose unos a otros y perdiendo de vista quién es el enemigo a combatir.
Hay un fuego que apagar. Conviene, por tanto, que entre los bomberos no se pisen las mangueras.
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